miércoles, marzo 26, 2014

¿QUÉ SIGNIFICA ORDENAR EL TERRITORIO ALREDEDOR DEL AGUA?

Ordenar el territorio alrededor del agua no es un embeleco, es un requisito para la viabilidad de los territorios y para que los seres vivos podamos formar parte, con calidad de vida, de nuestra porción de planeta

El territorio no es solamente un espacio físico sobre el cual se desarrolla la actividad humana, ni mucho menos un área delimitada por unas coordenadas en un mapa.

El territorio es un ser vivo, resultado de la interacción permanente entre dinámicas ecosistémicas y dinámicas humanas, incluidas en estas últimas las instituciones y sus dinámicas.


Como todo ser vivo, el territorio tiene identidad y tiene memoria, ninguna de las cuales es estática. Y como sucede con todos los seres vivientes, desde el nivel de las amibas hasta el planeta entero, uno de sus componentes esenciales es el agua.

“Ordenar el territorio alrededor del agua” quiere decir concebir, planificar y llevar a cabo las actividades humanas respetando su carácter de ser vivo y reconociendo que el agua, que ha venido configurando el territorio desde muchos miles de años antes de que apareciéramos los seres humanos, debe ser tenida en cuenta como un factor –o mejor: como un actor- determinante. 


El agua, en todos sus estados –líquido, sólido y gaseoso- es simultáneamente materia, energía e información, lo cual, aun cuando no la mencione, hace de ella el eje de esa definición que describe la Vida como el intercambio permanente de materia, energía e información entre los individuos y su ambiente.

En el caso de la Tierra como ser vivo, ese intercambio tiene múltiples particularidades, empezando porque el ambiente que rodea al planeta es el espacio exterior. De allí, del Sol, proviene la energía que alimenta a la gran mayoría de los procesos que tienen lugar en la Tierra (salvo algunos –como la tectónica de placas- que se nutren de la energía procedente del núcleo terrestre).

Procesos que hoy son tan determinantes como el cambio climático dependen de las alteraciones de los equilibrios dinámicos entre la energía que la Tierra recibe y la que devuelve al espacio.

Pero no nos alejemos del tema:

Cuando el desarrollo intenta imponerle sus prioridades al territorio (prioridades que no suelen ser colectivas sino las de unos pocos) sin tener en cuenta los procesos evolutivos que lo han configurado, y sin acogerse a las reglas de juego que a lo largo de todo ese proceso han establecido los actores determinantes como el agua, se siembran las semillas de nuevas dinámicas que tarde o temprano germinarán como desastres.

Cuando el desarrollo, en cambio, reconoce esas reglas de juego y las respeta, o en otras palabras, cuando le reconoce al territorio su condición de ser vivo que también tiene sus propias prioridades, se reducen las probabilidades de que genere desastres. No solamente de aquellos que directamente matan personas y destruyen casas, sino de aquellos que generan desgracias silenciosas pero igualmente destructoras de la integridad y diversidad de los ecosistemas y de la calidad de vida y de la dignidad humana.

“Ordenar el territorio alrededor del agua” es una de las posturas filosóficas y políticas y de las estrategias prácticas que permiten armonizar las prioridades del desarrollo con las de los distintos componentes naturales y sociales del territorio.

Es reconocer que la mayor o menor disponibilidad de agua, no solamente para el consumo y para la producción humanas, sino para todas las necesidades del territorio, incluidas las de los ecosistemas, establece los límites cualitativos y cuantitativos del desarrollo.

Más allá de cualquier debate teórico que ello genere, respetar los derechos del agua quiere decir en la práctica respetar los derechos de los seres humanos -y en general de todos los seres vivos- a acceder al agua en la cantidad y la calidad necesarias para que sea posible la vida. Es permitir que el agua y sus dinámicas sean tenidas en cuenta por las buenas cuando se toman decisiones, para no exponer a las comunidades a los desastres que surgen cuando el agua tiene que hacerse oír y respetar por las malas. Es prevenir y transformar pacíficamente los conflictos que surgen cuando distintos grupos humanos se enfrentan por el agua, en especial cuando su disponibilidad en el territorio es limitada.

“Ordenar el territorio alrededor del agua” es, en resumen, ser consecuentes con la convicción de que el agua es el ingrediente esencial de la Vida y de que solamente en armonía con el agua es posible que el desarrollo sea una herramienta de Vida y no una amenaza.


 Gustavo Wilches-Chaux
Febrero 21, 2014





domingo, enero 19, 2014

LO QUE VA DEL DERRUMBE Capítulo 22 (ya en 2014, varios meses después)

Estas fotos tienen más sentido si se miran como parte de la secuencia que comencé el 9 de Abril de 2010 y a la cual se puede acceder por AQUÍ. Desde ese mismo link se puede entrar a todos los capítulos anteriores.
No volvía sobre este tema desde el 9 de Junio del año pasado, cuando escribí sobre el nuevo "mirador de los nevados". Hoy me interesa resaltar, sobre todo, cómo la vegetación ha ido llenado los espacios en la fría waflera de concreto. Estaba previsto que así fuera. Miren AQUÍ la carátula del libro "El mapa y el territorio" de Houellebecq

 Justamente allí, tras el arbusto más grande, apareció el 21 de Noviembre de 2011 "Nuestra Señora del Derrumbe", cuyo primer (y no sé si hasta ahora único) milagro, ocurrió el 7 de Diciembre siguiente, cuando se vino un enorme derrumbe en un momento en que no pasaba ni una moto ni un carro por la usualmente atiborrada Avenida Circunvalar
Realmente el último capítulo que había escrito en esta serie fue el 16 de Marzo del año pasado, antes de que se diera paso por AQUÍ
 Me imagino que las autoridades encargadas sabrán hasta dónde la vegetación es sanadora sin convertirse en un problema para la waflera
Una sonrisa no se le niega a nadie
Continuará...

¿CORRIGE SU RUMBO LA LOCOMOTORA MINERA?

Hace unos meses comencé un artículo para otro medio, con la historia de un hombre agobiado por deudas, a punto de perder la vivienda por falta de recursos para pagar la hipoteca y obligado a sacar al hijo de la universidad por no tener cómo cubrir la matrícula, y que, para colmo de males, descubre (o le descubren) que bajo su casa existe una mina de oro.
Es bien sabido, por datos oficiales, que los departamentos de Colombia que tradicionalmente han tenido la minería como una de sus principales fuentes de ingresos, son los más pobres del país en términos de necesidades básicas insatisfechas. La semana que acaba de pasar vio la luz un estudio del economista Guillermo Rudas financiado por la Fundación Friedrich Ebert de Alemania en Colombia (Fescol), que analiza las razones por las cuales la bonanza carbonífera se ha reflejado positivamente en las cuentas nacionales y locales de la Guajira y el Cesar, pero no ha logrado mejorar integralmente la calidad de vida de las comunidades de esos dos departamentos. 
Hoy no pasa un solo día sin que aparezca algún artículo, noticia o denuncia sobre el impacto negativo de la minería sobre los ecosistemas y la salud física, social, afectiva o cultural de alguna comunidad en donde esa actividad se lleva a cabo, lo cual apunta a confirmar la percepción de que tener bajo el suelo un yacimiento de cualquier mineral, incluido el petróleo, no constituye una bendición sino una desgracia. Lo que, para el caso del oro, el sociólogo y profesor de la Universidad del Cauca, Guido Barona, denominó “La maldición de Midas” en un libro con ese mismo nombre.
Para la muestra, estas dos publicaciones que justamente vieron la luz la semana pasada:
Esa maldición también podría hacerse extensiva al agua, en la medida en que ese elemento esencial para la vida se va identificando cada vez más como un recurso de alto valor estratégico -y por ende económico- ante los efectos probables del cambio climático. Si llega a primar la condición del agua como mercancía por sobre su condición de derecho fundamental de los seres humanos y de requisito para la integridad y la diversidad de los ecosistemas, poseer riqueza hídrica también se convertiría en una desgracia.
Como muchas otras personas en Colombia, vuelvo y me pregunto si esa paradójica situación es inevitable, o si existe alguna manera de que la actividad minera y petrolera no constituya necesariamente una maldición para las comunidades en cuyos territorios existe esa riqueza. En otras palabras, si es posible que la locomotora minera se convierta en un medio de transporte masivo hacia un futuro con verdadera calidad de vida y mayor equidad y respeto a los derechos humanos para esas comunidades, en lugar de ser, como es hoy, en la mayoría de los casos, un híbrido temible de retroexcavadora con aplanadora.
A raíz de las medidas que por fin el Estado colombiano está tomando para frenar los abusos de la Drummond contra los ecosistemas, las comunidades y las leyes colombianas, no han faltado voces que afirman que esas decisiones son un obstáculo o una bomba, contra los rieles de la locomotora minera. Algunos dicen incluso, que incumplen los tratados internacionales de libre comercio mediante los cuales el Gobierno se ha comprometido a brindarle garantías a la inversión extranjera, como si fuera válido un tratado que obligara a un Estado a violar los derechos fundamentales de sus habitantes.
Dentro del mismo Gobierno, incluso, existen posiciones y algunos documentos de política pública, que consideran que los requisitos ambientales y las consultas a las comunidades constituyen "dificultades que afectan la agilidad y viabilidad del desarrollo" de los llamados “Proyectos de Interés Nacional Estratégico”, dificultades que deben ser "solucionadas" para que esos proyectos sigan su marcha sin ser perturbados.
Personalmente pienso que, por el contrario, una posición firme del Gobierno y en general del Estado colombiano, frente a las empresas mineras y petroleras, puede ser la salvación de esa actividad como verdadero factor de desarrollo sostenible, equitativo y humano.
La “confianza inversionista” no puede seguir siendo oportunidad y pretexto para que los grandes inversionistas extranjeros, en particular los del campo minero-energético, se vuelvan cada vez más confianzudos y más atrevidos, en el sentido acosador de la palabra. La confianza que genera el país en el exterior debe basarse en la confianza que generan la Constitución y el Estado entre sus propios habitantes.
El Estado y la sociedad colombiana deben transmitir hacia el interior y el exterior del país, el mensaje sustentado con hechos, de que el principal factor de confianza para un inversionista es la garantía de que su inversión no se va a convertir en un factor de violación de derechos humanos, incluidos los derechos ambientales, económicos, sociales y culturales de las comunidades de los territorios en donde esa inversión va a realizarse.
El interés de Colombia de entrar a formar parte de la OCDE, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, se justificaría plenamente si al entrar el país a formar parte de esa “liga” de países poderosos, se consolidan efectivamente unas reglas de juego para las empresas nacionales y extranjeras, y particularmente para las minero-energéticas.
No quiere decir que en los “países desarrollados” no se comentan a veces abusos contra las comunidades ni contra los ecosistemas, pero sí es difícil pensar que los Estados Unidos, Canadá, Francia, Alemania o Inglaterra vayan a tolerar en sus territorios atracos como los que han venido cometiendo la Drummond y otras multinacionales en Colombia.
El mundo avanza cada vez más rápido hacia un escenario de crisis en muchas dimensiones concatenadas, de las cuales la climática es posiblemente la más significativa y poderosa, pero no la única. Con o sin cambio climático, existe una crisis en la economía global que, como sucedió dos veces en el siglo pasado, podría intentarse “solucionar” a través de una guerra mundial que sacara de la recesión al aparato productivo y que, de paso, permitiría generar una nueva distribución del poder entre las potencias en el mundo.
En un escenario cada vez más agudo de cambio climático, el agua y los ecosistemas estratégicos tendrían una importancia que no tuvieron en las dos guerras mundiales anteriores, debido a lo cual países como Colombia, ricos en ambos factores, difícilmente podrían pasar de agache.
“Confianza inversionista” sí, pero basada en la confianza que debemos tener quienes formamos parte del territorio colombiano, de que eso que se llama “desarrollo” no significa empobrecimiento ambiental ni cultural ni afectivo, ni desplazamientos forzados ni ninguna otra violación a los derechos humanos.
La verdadera paz dependerá, entre otros muchos factores, de que las comunidades y las autoridades regionales y locales tengan verdadera participación, con voz y voto, en las decisiones que la afectan, ya sea que estas se tomen sobre el suelo o para el subsuelo.
Recordemos que para que una actividad sea verdaderamente “legal”, no basta con que quien la ejerza actualice sus papeles con el Gobierno. No: debe ser legal también con las comunidades y con los ecosistemas, lo cual no depende de trámites puntuales sino de enfoques, procesos y controles acertados.
Ojalá las sanciones a la Drummond no se queden en un acto de gobierno aislado sino que reflejen la voluntad de corregir el rumbo de la locomotora minera, lo cual implicaría realizar una serie de cambios en varias políticas públicas. Como dije atrás, eso podría significar la salvación para una actividad que hoy es cada vez más conflictiva y está más cuestionada.

jueves, septiembre 19, 2013

BREAK DANCE

Escribí este artículo en 2005, cuando era asesor de la entonces DPAE (hoy FOPAE). Lo transcribo aquí y ahora, porque así como los actos de vandalismo que azotaron a Bogotá con el pretexto del Paro Agrario mostraron lo que podría ocurrir en la ciudad en caso de un terremoto en términos de pérdida de gobernabilidad, lo que pasó en el llamado "Club privado y deportivo" muestran lo que podría suceder en una gran cantidad de establecimientos públicos cuando sus ocupantes intentaran evacuar.
ESCENARIO 1

Acaba de bailar un bolero y regresa a su mesa. Su pareja sale para el baño.


De pronto se siente mareado. “Me dieron burundanga”, alcanza a pensar. “¿Pero quién? ¿Dónde?”

Cuando se va a sentar, vasos y botellas comienzan a tintinear. Se oye un rugido fuerte, como un trueno cercano o un jet. Todo salta a su alrededor. Alguien grita: 

¡Temblor!


Parpadea la leve luz que medio ilumina el local, hasta que queda en completa oscuridad. 

Parpadea la leve luz que medio ilumina el local, hasta que queda en completa oscuridad.

Suenan vidrios que se rompen y objetos que caen. Y varios “¡Socorros¡” y “¡Ayes!”

Usted trata de recordar hacia dónde está la salida, al tiempo que llama a su pareja. Es difícil saber si ella es una de las muchas personas que gritan, corren o se empujan a su alrededor.

Trata de moverse, pero la mesa, o unos asientos, o algo que usted no distingue bien, no lo deja mover. De pronto otro sacudón (¿o el mismo?), más gritos, un golpe en la cabeza. Un empujón.

“Ojalá esta vaina no se nos caiga encima”, alcanza a pensar. Pero no dice nada. No hay a quién.

Comienza a oler a quemado. La luz que despiden las llamas le permiten ver por primera vez las sombras que se empujan, que buscan una puerta, que intentan salir. Con alivio reconoce a su pareja, que no está lejos de usted.

Se toman de la mano e intentan ubicar la puerta, alejándose del lugar de donde salen las llamas, que cada vez brillan y crepitan más. Distinguen a un mesero que intenta activar –sin éxito-un extinguidor. Las llamas le agarran la chaqueta y el hombre empieza a gritar. Una sombra lo envuelve con un saco y lo arroja al suelo. Otras sombras, seguramente con sacos, intentan sofocar las llamas. Lo logran. Otra vez, total oscuridad.

Algunos minutos (que parecen horas) después, las sirenas comienzan a sonar. Usted y su pareja ya han logrado salir a tientas del lugar, y se encuentran sentados, mudos, aterrados en el andén.

Luces de carros que pasan erráticos en todas direcciones iluminan fugazmente las calles. Hay mucha gente. Es imposible saber si ha habido o no ha habido destrucción.

Usted y su pareja –de hecho, todo el mundo a su alrededor- intentan llamar por celular. Nadie logra comunicarse. Algunos maldicen. Un hombre desesperado, llorando, estrella el aparato contra el andén.

“Debe haber sido un temblor”, le dice su pareja, como susurrando. “Un terremoto”, le contesta usted.

En medio de los pitos, las sirenas y las sombras, comienzan a caminar. De memoria, porque casi no se ve nada.

Las anteriores son escenas que nadie quisiera vivir, pero que no es imposible que ocurran, porque en cualquier momento –dentro de una semana o dentro de 50 años- un terremoto puede golpear a Bogotá. Los sismólogos tienen certeza de que eso va a suceder, pero el estado actual de la ciencia no permite pronosticar cuándo será.

No podemos evitar que se presente un terremoto, pero las escenas anteriores sí pueden ser distintas. Entre todos y todas, gobierno y comunidades, las podemos cambiar. 
ESCENARIO 2

Acaba de bailar un bolero y regresa a su mesa. Su pareja sale para el baño.


De pronto se siente mareado. “Me dieron burundanga”, alcanza a pensar.“¿Pero quién? ¿Dónde?”

Cuando se va a sentar, vasos y botellas comienzan a tintinear. Se oye un rugido fuerte, como un trueno cercano o un jet. Todo salta a su alrededor. Alguien grita: 

¡Temblor!

Parpadea la leve luz que medio ilumina el local, hasta que queda en completa oscuridad, con excepción de las luces rojas que indican en dónde están las salidas de emergencia y la puerta principal. Una fracción de segundo después se encienden dos lámparas de baterías que iluminan totalmente el local.

Suenan vidrios que se rompen y objetos que caen. Y varios “¡Socorros¡” y “¡Ayes!”, pero la gente mantiene la calma y se dirige a las salidas más cercanas. Meseros y bouncers ayudan a controlar la situación.

Su pareja, tan asustada como usted, sale del baño. Usted se tranquiliza al ver que ella está bien, y ambos se dirigen hacia la puerta principal.

Hay asientos y mesas caídas, y algunos vidrios rotos y vasos regados, pero ustedes los evitan con facilidad.

En medio del susto, ustedes están relativamente frescos porque saben que si la discoteca tiene licencia, es porque las autoridades han comprobado la sismo-resistencia del local donde funciona.

Mientras salen, ven a un mesero sofocando un conato de incendio con un extinguidor. Otros dos meseros, también con extinguidores, se preparan a apoyarlo en caso de que no lo pueda controlar solo.

Afuera de la discoteca reina la oscuridad. Usted saca una pequeña linterna del bolsillo. Su pareja también. Recuerdan, sin comentarlo, que hace meses, cuando las compraron, en la oficina se burlaron de ustedes, hasta esa vez cuando se fue la luz y se quedaron encerrados con varios compañeros y compañeras en el ascensor. Después de ese día, todo el mundo en la oficina carga su propia linterna.

Algunos segundos (que parecen horas) después, las sirenas comienzan a sonar. Usted y su pareja se encuentran asustados, sentados en el andén.

Usted saca de otro bolsillo un pequeño radio y se coloca el audífono en el oído. Las emisoras informan que se ha producido un fuerte temblor, pero que hasta ese momento no existen reportes de daños. Se les acercan algunas personas y usted y su pareja les transmiten esa información.

Se acerca un carro con un megáfono, desde el cual avisan que son del Comité de Emergencias de la localidad. Preguntan si hay alguna persona herida, pero por lo menos en esa cuadra parece que no. Junto al carro van unos socorristas de la Defensa Civi y la Cruz Roja.

Usted y su pareja –de hecho, todo el mundo a su alrededor-intentan llamar por celular. Nadie logra comunicarse. Algunos maldicen. Un hombre desesperado, llorando, estrella el aparato contra el andén.

Los del megáfono tranquilizan a la gente y le piden que no hagan uso de teléfonos y celulares porque las líneas están sobrecargadas. Que tres cuadras adelante hay un puesto de información del Comité Local de Emergencias, en donde también hay una emisora a través de la cual pueden informarles a sus familiares que están bien.

En medio de los pitos, las sirenas y las sombras, usted y su pareja comienzan a caminar hacia allá, alumbrándose con sus linternas. Van relativamente tranquilos, porque saben que en sus respectivas casas estarán pendientes del radio para escuchar información sobre el temblor.

¿Quién puede lograr la diferencia entre el primer y el segundo escenario?


Usted y su pareja. Todos y todas. Nuestra voluntad. Nuestra decisión de prepararnos para manejar los riegos, afrontar las emergencias y evitar que se vuelvan desastres.


ILUSTRACIONES TOMADAS DE INTERNET

martes, septiembre 17, 2013

EL CIELO DE AYER EN MIAMI... Y EL DEL 13 EN BOGOTÁ


Foto: Willy Gil
Septiembre 16, 2013

Y EL CIELO SOBRE ELDORADO (BOGOTÁ) 
13/09/13


Cuando la ducha es cortina
 
Aleta Roja
  

Goticas tranquilizantes para quienes le tienen miedo al avión (y a propósito: busquen el avión)
Esto es lo que se llama "mantener a raya un aguacero"

domingo, agosto 25, 2013

MAMATUS

Al borde del anochecer y tras el aguacero de hoy sobre Popayán
 
 Los mamatus indican que estamos bajo la base de un yunque o nube de tormenta
Más sobre mamatus y yunques en mis blogs
 Parecería como que unas gotas chocan con otras al caer
 En la noche, antes de que comience de nuevo a llover

lunes, agosto 12, 2013

GORRO PARA DORMIR

La foto de arriba, tomada en la nitidísima mañana del 9 de Junio pasado, muestra la posición exacta del volcán Nevado Huila visto desde Bogotá. 
Lo que se ve al fondo, en la mañana nublada del 10 de Agosto, no es el volcán, sino el gorro de nubes que el nevado usa para dormir y que algunas mañanas se eleva manteniendo la forma. Muy pronto se disuelve en la atmósfera.
En esta foto  el volcán con el gorro puesto, comenzando la noche. Ese atardecer
Y en la foto de arriba el volcán Nevado del Ruiz empiyamado
El vuelo nocturno en que tomé esta foto

lunes, julio 29, 2013

¿SALVAR EL PLANETA?

Publicado en El Nuevo Liberal - Popayán, 28/07/2013
En color morado: links a artículos y materiales relacionados

Lo han sabido desde siempre las culturas que se formaron en estrecho contacto con sus territorios, para la cuales conocer y entender las dinámicas de los ecosistemas era –y es, para las que quedan todavía- un requisito de supervivencia.
Lo saben los científicos “occidentales” que han estudiado nuestro planeta como un sistema indivisible y complejo y no como una colección de elementos desconectados.
James Lovelock, el científico inglés, lo expresó a través de la Hipótesis Gaia. 
La Tierra es un ser vivo: no es solamente una roca inerte, habitada por seres vivos, sino que toda ella es cuna, expresión y producto de la vida.


Los seres humanos, como los demás seres vivos, estamos formados por una gran cantidad de elementos químicos, que al integrarse en órganos y sistemas interrelacionados entre sí, todos con todos, adquieren –o adquirimos- la capacidad de intercambiar materiales, energía e información con los demás componentes de eso que llamamos “el ambiente”, que no es solamente “algo que nos rodea” sino un sistema del cual somos parte. Como bien lo decía hace ya varias décadas el lema de una de las primeras organizaciones ambientalistas que hubo en Popayán (creo que era el “Grupo Ecológico del Cauca”): “Nosotros somos la otra mitad del medio ambiente”.


Al igual que nosotros, y como los demás seres vivos, la Tierra tiene una función inmunológica. Hasta hace poco habría dicho “un sistema inmunológico”, pero ahora entiendo que es más bien un modo de ser y de actuar de todo el organismo humano, en unos momentos determinados, al cual contribuyen de una u otra manera todos los sistemas que nos conforman. Si bien es cierto que poseemos un sistema inmunológico, también lo es que este depende de sus interacciones con el sistema circulatorio, con el digestivo, con el muscular, con el óseo, con el nervioso. Y claro, con ese otro sistema que podríamos llamar emocional y afectivo. Es bien sabido, por ejemplo, que una depresión o una tensión que no seamos capaces de manejar de manera adecuada, puede inhibir el funcionamiento del sistema inmunológico y volvernos vulnerables a múltiples enfermedades, incluyendo el cáncer.

Pero nosotros no somos seres aislados, sino que formamos parte de un sistema cultural (la Cultura, en el sentido más amplio de la palabra), que de muchas maneras determina cómo vivimos, qué comemos, cómo nos vestimos, cómo nos relacionamos con los demás y con el mundo que nos rodea, e incluso, claro, cómo reaccionamos ante cada una de las circunstancias que enfrentamos.



Esa función inmunológica nos permite transformarnos, ya sea para resistir sin traumatismos los efectos de determinados cambios que nos afecten desde el exterior o desde el interior de nosotros mismos, ya sea para recuperarnos oportuna y adecuadamente cuando hayamos sido “golpeados”. A eso se refiere esa hoy tan común palabra resiliencia”.
Cuando un niño sano es atacado por un virus, su organismo produce fiebre como estrategia para deshacerse del invasor indeseado.
Oímos con frecuencia, en la escuela, a través de los medios, en las conversaciones casuales, que tenemos que “salvar el planeta”. Pero realmente el planeta se está salvando por sí solo. De hecho, ese conjunto de fenómenos y de procesos de corto, mediano y largo plazo que englobamos bajo el nombre de “cambio climático”, son manifestaciones de la función inmunológica de la Tierra, transformando(se) al planeta para que pueda adecuarse a los múltiples cambios que le hemos impuesto los seres humanos, en particular en el último siglo y especialmente en las últimas cinco o seis décadas.


Lo que tenemos que salvar, entonces, no es el planeta, sino la posibilidad de que nuestra especie humana siga formando parte de la Tierra. Para eso necesitamos cambiar radicalmente la manera como nos relacionamos entre nosotros mismos y con esos que llamamos “recursos naturales”, que realmente son componentes esenciales de los múltiples sistemas concatenados (encadenados entre sí) que le otorgan vida a la Tierra: la atmósfera (aire), la hidrósfera (agua), la litósfera (rocas), la biosfera (seres vivos). Si analizamos cuidadosamente esos sistemas (que realmente no son “capas”, como se suelen denominar convencionalmente), nos daremos cuenta de que todos estén entrelazados con todos. Para citar un solo ejemplo, el agua forma parte esencial de todos los demás sistemas: de la criósfera (agua congelada), de la atmosfera (vapor, gotas líquidas y hielo de diferentes tamaños y formas), de las rocas (no solamente en “acuíferos” sino en la estructura de las rocas mismas) y, por supuesto, en todos los seres vivos, que esencialmente estamos hechos de agua y que por lo tanto bien podríamos considerarnos parte de la hidrósfera… como también podríamos considerarnos parte de la atmósfera dada la enorme cantidad de aire que atraviesa nuestros cuerpos cada instante.


Telaraña en el páramo - Foto: Juan Pablo Paz 
Estas no son solamente curiosidades científicas ni meras reflexiones teóricas, sino consideraciones que debemos realizar de manera permanente y en particular cuando se toman las grandes decisiones del desarrollo. ¿De qué manera una intervención que hagamos sobre cualquiera de los sistemas concatenados de la Tierra puede activar su sistema inmunológico? ¿A qué tipo de auto-ajustes vamos a obligar a ese ser vivo del cual todavía formamos parte? ¿Y esos auto-ajustes de la Tierra cómo van a afectarnos?
Estoy convencido de que el cambio climático es a los sistemas concatenados de la Tierra, lo que el “movimiento de los indignados” es a las comunidades que, en distintas partes del mundo, han resuelto decir ¡Basta!
Gustavo Wilches-Chaux