sábado, abril 30, 2016

"AQUÍ YA NO ES AQUÍ"

Relato sobre el cambio climático que escribí en 2014 para FOPAE / IDIGER
“Yo aquí no me amaño”, le dijo desesperada Isabel a su esposo. “No me gusta ni el clima, ni la comida, ni la manera de ser de la gente. Además ninguna ropa me sirve para este calor”.

“Pero si toda la vida hemos vivido aquí”, le contestó Rafael. “Y aquí naciste tú y nacieron tus papás, y nacieron nuestros hijos y aquí nací yo. Y cuando nos conocimos aquí, te gustaban el clima y la comida y la gente ¿qué te pasó?”
“A mí no me pasó nada”, dijo Isabel. “Pero es que todo eso cambió”.
Y luego, tras una pausa, completó: “Extraño el paisaje”.
“¿El paisaje?”, preguntó sorprendido –o haciéndose el sorprendido- Rafael. “¿Desde cuándo te ha importado el paisaje? Además desde que nos casamos vivimos en la misma casa. Nunca nos hemos movido de aquí”.
“Nosotros no”, dijo Isabel. “Pero el paisaje sí se mudó. Se fue. Aquí ya no es aquí”.
En efecto, en los quince años que llevaban de casados Isabel y Rafael, el entorno había cambiado tanto que era difícil reconocer que seguían viviendo en el mismo lugar.
Pero no eran solamente los cambios normales y esperables en una ciudad que crecía y se transformaba de una manera tan acelerada (edificios y centros comerciales que surgían de un momento a otro donde antes había casas y lotes desocupados; puentes y grandes avenidas por donde antes salían a caminar), sino que también había cambiado el paisaje “natural”: las montañas lejanas que ahora difícilmente se alcanzaban a ver en medio de tanta construcción y las lomas cercanas que se habían llenado de antenas y habían perdido su vegetación original. O por lo menos la que las cubría cuando se conocieron Isabel y Rafael.
“Los que hemos cambiado somos nosotros”, dijo Rafael, como si intentara defenderse de un ataque que no le estaba haciendo Isabel. “Y cómo no, si ahora tenemos dos hijos y quince años más que cuando nos casamos.”
“No me crea tan boba”, alegó Isabel. “Eso yo lo sé. Pero no me refiero a eso sino a que sin habernos movido de aquí, ya no vivimos en el mismo lugar. No me diga que ahora no hace más calor que antes o que todavía se consigue en el mercado todo lo que estábamos acostumbrados a comer.”
“Casi todo se consigue”, dijo Rafael.
“Pero mucho más caro”, respondió Isabel. ”Porque ya no lo producen cerca de aquí sino que lo tienen que traer… O es artificial”.
Rafael permaneció en silencio porque sabía que Isabel tenía razón. Había muchas veces en las que él mismo no se hallaba, como solía decir su mamá, que sentía la misma sensación de desarraigo que ahora le expresaba Isabel.
En unos cuantos años habían pasado de vivir en una ciudad de clima templado-frío a una ciudad de clima caliente… pero sin los atractivos de las playas ni de los pueblos turísticos a donde antes bajaban a veranear.
Y cuando habían vuelto a esos lugares turísticos también los habían encontrado transformados: ahora el calor era infernal, las playas habían sido invadidas por la entrada del mar y ya no existía ningún río en el cual se pudieran bañar.
La manera de ser de la gente también había ido cambiando a medida que, al igual que Isabel y Rafael, todo el mundo se iba sintiendo extranjero en el territorio que antes consideraba su lugar.
No era la mayoría de las veces el resultado de un análisis racional, sino más bien una sensación. Una incomodidad más del cuerpo que de la razón. Pero como la razón también está en el cuerpo, la extrañeza en el cuerpo también se reflejaba en la manera de pensar, de razonar.
“Estamos siendo desplazados”, dijo una vez uno de los amigos de Rafael en una conversación en el café. Rafael sonrió para sus adentros, porque siguió una discusión similar a la que solía tener cada vez con más frecuencia en su casa con Isabel.
“Desplazados in situ”, dijo otro, más intelectual. “No nos han sacado de aquí, pero aquí ya no es aquí”. Rafael volvió a sonreír cuando oyó en boca de su amigo exactamente la misma frase que le había oído a Isabel: Aquí ya no es aquí.
Ni en la ciudad ni en la región cercana había habido desastres atribuibles al cambio climático, debido a lo cual para la mayoría de la gente este proceso planetario del cual se enteraban por los medios de comunicación, era una cosa que sólo pasaba por allá (alargando la áááá).
Pero poco a poco comenzaron a intuir y después a comprender, que ese por allá estaba cada vez más por acá. Y que el cambio climático no se manifiesta solamente en grandes desastres que ocupan los titulares de los medios y convocan a la solidaridad.
No: a partir inicialmente de las sensaciones cotidianas y muchas veces difusas del cuerpo, que ya no eran solamente a nivel individual sino que se iban volviendo cada vez más colectivas,  se fueron dando cuenta de qué significaba realmente el cambio climático, en la vida diaria y en el entorno familiar.
Y lo comenzaron a conversar. Los que habían pasado alguna parte de su vida en el exterior, compararon lo que ahora estaban viviendo en su propia ciudad con lo que habían sentido al llegar a un –para ellos- nuevo país: las dificultades del cuerpo y de la mente para adaptarse a temperaturas desconocidas, a nuevas rutinas, a otros tipos de alimentación, a personas con maneras distintas de ser, de actuar y de pensar.
Un día Rafael e Isabel vieron un programa de televisión en el que mencionaban la palabra “anomia”, y decían que según Durkheim, el sociólogo francés que la inventó, se refería a “una alineación que se desarrolla cuando el ser humano no tiene la sensación de pertenecer a una comunidad determinada”. Pero el programa no era sobre sociología, sino sobre lo que pueden estar sintiendo los osos polares en el Ártico o los animales en el Amazonas o en cualquier otro ecosistema, cuando ante el deshielo de los icebergs o la destrucción de la vegetación, se convierten en unos extraños indeseados en los que antes eran sus propios territorios. En donde antes vivían con sensación de seguridad.
Si no lo hubieran estado sintiendo en carne propia, Isabel y Rafael ni siquiera habrían visto completo el programa, porque no era el tipo de temas que les interesaran. Pero se vieron a sí mismos ahí, en esa situación y con esa sensación.
Conectaron el tema del programa que, aparentemente no tenía nada que ver, con el ahorro mensual que habían comenzado a hacer en los gastos familiares para poderse comprar un equipo de aire acondicionado, algo que antes nunca habían pensado que llegaran a necesitar en una ciudad de clima templado-frío.
Y los hijos, que estaban viendo con ellos el programa y que participaban en la conversación, comentaron que ese equipo de aire acondicionado les podría ayudar a ellos a aliviar en algo la incomodidad, pero que no eran la clase de soluciones que les sirvieran ni a los animales de la selva ni a los osos polares. Además al ahorro que estaban realizando tuvieron que echarle mano, porque cada vez llegaban más altas las cuentas del agua. A medida que iba escaseando, se iba poniendo más cara.
Se dieron cuenta entonces de que eran extranjeros o desplazados que estaban aprendiendo a vivir en un nuevo país. En un nuevo planeta. Se tendrían que acostumbrar. Es decir: ellos también, junto con el clima, tendrían que transformarse.

martes, abril 26, 2016

¿NO APRENDEMOS?

Artículo incluido en el libro "Cambio climático - Perspectivas del Acuerdo de París 2015" publicado por Ediciones Aurora, Asociación Ambiente y Sociedad y la organización Derecho, Ambiente y Recursos Naturales", que será lanzado en la Feria del Libro mañana 1°de Mayo

La primera parte de este artículo, titulada "El 'sorpresivo' terremoto de Popayán en 1983" está en una entrada anterior de este blog

Escribo este texto desde mis territorios locales y mis vivencias personales. Creo que muchas de estas reflexiones -y en particular esta pregunta- puedes ser válidas no solamente en Colombia sino en otros lugares de América del Sur y de pronto del mundo. Pienso y actúo localmente e intento pensar y actuar globalmente.

La “sorpresiva” destrucción de Armero en 1985

El 13 de noviembre de 1985 una “avalancha” o flujo de lodos originada por una erupción del volcán Nevado del Ruiz, que bajó por el cauce del río lagunilla, destruyó la ciudad de Armero (Departamento del Tolima, Colombia) y causó la muerte de cerca de 25 mil personas.
La ciudad se había construido -y prosperaba en todos los sentidos-  justamente sobre el abanico claramente demarcado en el territorio por anteriores flujos de lodo, allí donde el río Lagunilla entra en el valle del Magdalena.

Se recordó entonces, demasiado tarde, que en 1595 y 1845, fenómenos similares ya habían destruido en el mismo lugar a poblaciones asentadas allí y habían causado muertes en cantidades proporcionales al tamaño de las mismas (636 y 1000 personas respectivamente). A pesar de eso en 1895 se construyó sobre el mismo abanico de lodos una nueva población con el nombre de San Lorenzo, la cual en 1930 se rebautizó con el nombre de Armero mediante ordenanza de la Asamblea del Departamento.

Hoy en el lugar no se ha construido una nueva población, pero existe allí una enorme actividad económica.

Con motivo de los 30 años del desastre de 1985, el peor de este tipo que ha sufrido Colombia, los medios de comunicación se encargaron de mantener viva la memoria de lo que puede volver a ocurrir en ese sitio.

El país cuenta hoy con un Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, que nació precisamente a partir del desastre de Armero, mediante Decreto 919 de 1989 y que se modernizó mediante Ley 1523 de 2013 “Por la cual se adopta la política nacional de gestión del riesgo de desastres y se establece el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres y se dictan otras disposiciones”.

Esa actualización fue conveniente y era necesaria, entre otras razones, porque el Decreto 919 se expidió con anterioridad a la Constitución de 1991. Valga la pena recordar que ese decreto adelantó muchos de los enfoques y principios que posteriormente quedaron plasmados en la constitución colombiana.


Preocupa, sin embargo, leer documentos oficiales y oír declaraciones de funcionarios del más alto nivel, que desconocen totalmente la historia de la gestión del riesgo en Colombia y, particularmente, lo que en su momento significó el Decreto 919 de 1989, nacido nada menos que de esa enorme tragedia que fueron los 25 mil muertos de Armero.

Una de las más graves causas de vulnerabilidad es la pérdida de la memoria tanto a nivel individual como colectivo.

En Colombia, en América del Sur y en otros muchos lugares del mundo, existen ciudades localizadas total o parcialmente sobre abanicos de flujos de lodos, o en zonas de alto riesgo por múltiples causas, pero en la práctica resulta imposible trasladarlas a otro lugar. Uno de los procesos más traumáticos y complejos desde todo punto de vista que pueden existir, es una reubicación o un reasentamiento: es viable e inevitable con fragmentos de población expuestas a condiciones de alto riesgo, pero impensable para ciudades enteras.

De allí que sea necesario contar con sistemas de alerta temprana que eviten que vuelva a ocurrir, en Colombia o en el mundo, otra tragedia como la de Armero. Pero siguen ocurriendo. Siempre pensamos que ese tipo de desastres les pueden suceder a otros, no a nosotros.

Los “sorpresivos” efectos de La Niña en 2010-2011

A finales de 2009 y principios de 2010, el fenómeno de El Niño causaba grandes estragos en Colombia. Como se sabe -y hoy nuevamente se vive en tiempo real- en gran parte de nuestro país El Niño se expresa con aumentos de la temperatura ambiental y una significativa reducción de las lluvias, con todo lo que eso acarrea: sequía, incendios forestales, notable reducción del nivel de los ríos, humedales y embalses, amenaza de racionamientos de agua y electricidad, perjuicios para agricultores, pescadores y para la canasta familiar, etc.

Los efectos de este fenómeno se manifestaron hasta aproximadamente abril de 2010, y tres meses después, en Julio de ese año, tal y como se había pronosticado, comenzó La Niña.
Como consecuencia de los daños atribuidos a La Niña en el territorio colombiano en 2010 y principios del 2011, el Gobierno Nacional decidió, con plena justificación, declarar el Estado de Emergencia que consagra el artículo 25 de la Constitución colombiana.

Al respecto escribí, en ese momento, un artículo titulado La importancia de evitar que el ordenamientojurídico se convierta en otro damnificado de la ola invernal”, el cual publiqué en mi blog “Aguaceros y Goteras” el 12 de febrero de 2011, del cual transcribo algunos párrafos por considerar que conservan validez:

Parto de dos certezas y una presunción: la primera certeza, que existen suficientes razones para que el Gobierno Nacional haya declarado el “Estado de Emergencia” con base en el artículo 215 de la Constitución Nacional; la segunda, que los efectos de La Niña 2010 demuestran que ni el Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres (creado en 1988), ni el Sistema Nacional Ambiental (que existe desde 1993), ni todos los sistemas, actores y sectores que manejan este país, han logrado reducir su vulnerabilidad ni frente a las dinámicas naturales, ni frente a muchas de las dinámicas sociales que se pueden convertir en amenazas.

Y la presunción: que el Gobierno Nacional ha actuado de buena fe al expedir las normas y tomar las medidas que ha adoptado para conjurar la emergencia y reducir la posibilidad de que ocurran nuevos desastres, por lo menos por temporadas invernales.

Los dos decretos “madre” que declaran el “Estado de Emergencia” (Dto. 4580 de 2010 y Dto. 20 de 2011 [2]) y los casi 40 decretos-leyes expedidos en desarrollo de los primeros, son herramientas constitucionales y legales para hacer gestión del riesgo. Es decir, para intervenir en la medida de lo posible sobre los factores que generan los riesgos, con el fin de reducirlos y evitar que se conviertan en desastres. Y para facilitar la recuperación de los ecosistemas y de las comunidades que hayan resultado afectadas por un desastre que no se haya podido evitar.

Pero a la gestión del riesgo también hay que hacerle gestión del riesgo, para que cumpla sus objetivos y para que no vaya a agravar los riesgos existentes ni a crear nuevas amenazas y vulnerabilidades… ni a generar nuevos y más graves desastres.

El "Estado de Emergencia" y la división de poderes en la democracia liberal

Como es bien sabido, el Estado de Derecho en las democracias liberales se basa en la separación de las ramas Ejecutiva, Legislativa y Judicial, a cada una de las cuales le corresponden unas funciones específicas. La Constitución ha previsto un mecanismo de excepción (el ya citado artículo 215), para que cuando existan razones de extrema gravedad que pongan en peligro el orden ecológico, económico y social del país, el Ejecutivo pueda asumir durante un tiempo determinado, la función legislativa que le corresponde al Congreso. Es decir, para que expida normas con jerarquía de ley, con las cuales, entre otras cosas, pueda modificar o derogar leyes existentes (porque ley mata ley).

Como el “Estado de Emergencia” representa una especie de suspensión temporal de ese aspecto fundamental del Estado de Derecho, la Corte Constitucional, constituida precisamente con ese fin, debe vigilar muy cuidadosamente que exista absoluta coherencia y conexidad entre los decretos-leyes que expida el Presidente de la República y las causas que motivaron la declaratoria del estado de excepción. Es decir, que es responsabilidad de la Corte evitar que el ordenamiento jurídico se convierta en otro damnificado del desastre invernal.

Dejemos de lado las –para mí indudables- buenas intenciones del Gobierno, y no descartemos la necesidad de introducirles profundas reformas al Sistema Nacional Ambiental (incluyendo a las CARs) y al de Prevención y Atención de Desastres. Pero recordemos que en Derecho tan importantes como el contenido, son las formalidades, el debido proceso y, como ya dijimos, la coherencia y la conexidad. (¿Qué conexidad existe, por ejemplo, entre el desastre invernal y la reducción del límite de velocidad en todas las carreteras del país?)
  

“Cero aclamado" en Ciencias Naturales

La parte considerativa de los decretos que declaran el “Estado de Emergencia” se abre con un error absoluto en materia científica, que se repite en algunos de los decretos-ley: “…el fenómeno de La Niña constituye un desastre natural de dimensiones extraordinarias e imprevisibles.

No: La Niña es un fenómeno natural, no es un desastre (el desastre es el resultado de la incapacidad del territorio para aguantar los efectos de La Niña). Eso equivale a expedir una ley cambiando los horarios de trabajo, con el argumento de que el Sol está girando alrededor de la Tierra más rápido que antes… o algo así. Me niego a creer que el IDEAM [3], que es una institución científica de primera calidad, haya metido la mano en esa consideración. Es posible que el error de afirmar que “La Niña es un desastre natural” (error que amerita un “cero aclamado” en Ciencias Naturales para quien lo cometió) no tenga implicaciones jurídicas. Esperemos que sea así, porque de lo contrario, tratándose de los dos decretos “madre” sobre los cuales se basan todos los demás, significaría la caída de toda la legislación de emergencia, lo cual dejaría al Gobierno Nacional sin herramientas jurídicas para conjurar el desastre.[4]

En cambio, lo de que las dimensiones del fenómeno (o más bien: de los efectos del fenómeno en el territorio colombiano) son “extraordinarias e imprevisibles”, además de constituir también un error, en este caso de información o de percepción (pues el IDEAM y otras instituciones nacionales e internacionales venían advirtiendo desde meses antes lo que podría suceder, además de que todo lo que sucedió de alguna manera ya había pasado antes, muchas veces, en todas las regiones afectadas), sí puede tener consecuencias jurídicas, en particular en lo que hace referencia al decreto 141 de 2011, mediante el cual se reforman varios aspectos de la estructura y del funcionamiento de las corporaciones autónomas regionales CARs.[5]


Error de coherencia

Ya dijimos antes que los efectos de La Niña 2010 demuestran que el Sistema Nacional Ambiental (además de otros actores) ha sido incapaz de reducir la vulnerabilidad del país. Pero si, como ya lo han anotado otros analistas, en los decretos “madre” se dice que las dimensiones del fenómeno son “extraordinarias e imprevisibles”, ¿cómo es que el Dto. 141 afirma que dentro de los efectos ocasionados por el fenómeno de la Niña, se identifican algunos que pudieron ser prevenidos o evitados en el marco de las competencias y las funciones que les fueron asignadas a las Corporaciones autónomas Regionales, de Desarrollo sostenible y Grandes Centros Urbanos?

Cierta o no esa consideración, existe un problema de coherencia y de conexidad con lo expresado en la norma fundamental. Además de que el decreto-ley parece reducir sólo a las CARs todo el Sistema Nacional Ambiental, en cuya cabeza están el Presidente de la República y el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial. (Hasta aquí mi artículo de febrero 2011).

En conclusión, y para efectos de los que nos interesa en este momento, lo importante es destacar que cuando el Gobierno Nacional tomó una serie de medidas para conjurar los efectos de lo que erróneamente calificó como “un desastre natural de dimensiones extraordinarias e imprevisibles”, sentó las bases para tomar una serie de medidas que, si bien sirvieron para frenar los síntomas de una crisis territorial de raíces mucho más profundas, no resultaron efectivas para devolverles a los territorios afectados la resiliencia necesaria para convivir con los efectos de fenómenos extremos propios de la variabilidad climática (y susceptibles de convertirse en “normales” como consecuencia del cambio climático).

En la “Relatoría” que contiene todas las consideraciones y pruebas que tuvo en cuenta la Corte Constitucional para declarar inexequible (o sea: contrario a la Constitución) el Decreto 020 de 2011, se citan los siguientes apartes de un memorando[6] firmado por la Directora de Ecosistemas del Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, el cual explica resumida y certeramente algunas de las principales razones por las cuales muchos territorios colombianos perdieron la capacidad de “convivir” sin traumatismos con los efectos de La Niña:

Los procesos de transformación de los humedales, ecosistemas importantes en la regulación hídrica, se vienen presentando debido a que ecosistemas como bosques riparios o de galerías, áreas boscosas de las zonas altas de las cuencas y franjas de protección de ciénagas y humedales, que cumplen una función complementaria en dicha regulación, están siendo sometidos a procesos de fragmentación, transformación y degradación, como consecuencia del desarrollo de actividades como cultivos ilícitos, ganadería, agricultura, minería, proyectos y viales de infraestructura, los cuales han influido en la capacidad de resistencia de los humedales provocando, entre otros efectos, su desbordamiento especialmente en el bajo Magdalena debido a los efectos generados por el fenómeno de La Niña, que conllevó al aumento de las precipitaciones en la mayor parte del país. Es relevante mencionar que dos de las principales cuencas del país, Magdalena – Cauca, fluyen hacia la región Caribe (…) Cabe destacar que el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial desde las funciones establecidas otorgadas por la Ley 99 de 1993, ha generado el marco Político y normativo que establece la protección y manejo de los humedales. Es así como en 2002 se elaboró la Política Nacional de Humedales interiores, principal herramienta que describe las estrategias y metas correspondientes a la conservación de estos ecosistemas. Mediante Resolución 157 de 2004, el Ministerio estableció disposiciones para reglamentar el uso sostenible, conservación y manejo de humedales (…) es importante aclarar que el Guájaro corresponde a un embalse, es decir es un sistema artificial, que se encuentre integrado a la cuenca del Canal del Dique. Este embalse distribuye las aguas a través de canales artificiales. El Embalse fue construido en el año de 1974, motivo por el cual no cuenta con Estudio de impacto Ambiental ni plan de Manejo. En lo que tiene que ver con la Ciénaga de El Totumo, la Corporación Autónoma Regional del Atlántico aún no ha reportado a este Ministerio la elaboración del Plan de Manejo correspondiente, siendo esta Corporación a su vez responsable de formular, adoptar e implementar los Planes de Manejo de los humedales en el área de su jurisdicción (…)”.

De las razones aducidas en la transcripción anterior, que compartimos muchos analistas nacionales e internacionales, se pueden derivar por lo menos dos conclusiones:

Una, que efectivamente los daños generados por La Niña en 2010-2011 no pueden ser calificados como “sorpresivos” (o “imprevisibles”, para utilizar la terminología del decreto 4580 de 2010), puesto que las autoridades ambientales, al igual que muchas organizaciones no gubernamentales y por supuesto comunidades de la mayoría los territorios afectados, eran plenamente conscientes de las condiciones de vulnerabilidad de esos territorios; condiciones que, en efecto, redujeron notablemente su resiliencia.

El fenómeno “La Niña” 2010 - 2011 dejó varias lecciones que deben incorporarse dentro de la adaptación al cambio climático, quizás la más importante es la conservación de las dinámicas naturales; si no se hubiera afectado la capacidad de regulación de los ecosistemas con obras de infraestructura, cultivos y asentamientos, el impacto de las lluvias habría sido mucho menor. Por esta razón, es importante considerar medidas integrales que actúen en varios frentes para hacer posible la adaptación y no para construir vulnerabilidad.

La segunda conclusión es que, como se dijo atrás, una gran cantidad de las medidas que se tomaron y de las inversiones en infraestructura que se llevaron a cabo con ocasión del desastre atribuido a La Niña 2010-2011 se planificaron y ejecutaron sin tener en cuenta esas lecciones. En consecuencia, no sirvieron para devolverles su resiliencia a los territorios afectados.

Esto nos conduce a la siguiente “sorpresa”.

Los “sorpresivos” efectos de El Niño 2015-2016

Si se realiza con cierta disciplina el ejercicio de confirmar en qué estado se encontraban durante el fenómeno de La Niña 2010-2011 los territorios que diariamente se reportan como fuertemente afectados por El Niño 2015-2016, se comprueba que la mayoría de los que hace 5 años estaban inundados, hoy están sufriendo los efectos de la fuerte sequía.

Esto demuestra que, además de que en ambos años nos encontramos ante fenómenos climáticos extremos (con expresiones opuestas), con esos fenómenos se confabula la gran vulnerabilidad todavía no resuelta de los territorios, como ingredientes complementarios para generar el desastre.

Al igual que durante El Niño 2009-2010 se advertía sobre la probabilidad de una Niña que efectivamente llegó en Julio 2010, y como durante La Niña 2010-2011 se advertía sobre la llegada de El Niño 2015-2016, hoy se advierte sobre la casi certeza de que tendremos una nueva Niña a finales del año en curso o a más tardar entre el 2017 y el 2018.

Esa Niña completará la evaluación que ya comenzó El Niño, sobre qué tanto lograron fortalecer efectivamente la resiliencia de los territorios, todas las intervenciones que se llevaron a cabo a raíz de la Niña 2010-2011.


¿Qué sorpresas nos está trayendo el cambio climático?

Tomo, casi al azar, de mi biblioteca, uno de los primeros textos que me advirtieron sobre eso que hoy llamamos “cambio climático” (en el sentido antropogénico del concepto), y que hoy resulta obligatorio en todos los discursos, incluyendo aquellos de quienes aceptan su existencia en la teoría, pero en la práctica actúan y toman decisiones como si ese proceso no existiera.

El texto es un cuaderno de 90 páginas, profusamente ilustrado, titulado “El hombre y su mundo” [7]. La autora del guion y de los dibujos es Margarita Salazar del Programa de Voluntarios de las Naciones Unidas, y la edición que tengo en mis manos está fechada en noviembre de 1982 en Lima. Me lo regaló mi papá, que en ese entonces era funcionario de la Organización Internacional del Trabajo.

El cuaderno no habla explícitamente ni de “calentamiento global” ni de “cambio climático”, términos que, si no estoy mal informado, se adoptaron con el significado actual a raíz de la constitución del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático en 1988, pero me entregó de manera muy pedagógica -y seguramente a todos sus lectores y lectoras- las enzimas necesarias para ir digiriendo todo lo que posteriormente se vino descubriendo y difundiendo alrededor de ese proceso.

Desde mucho tiempo antes que eso, en la década de los años 70 del siglo pasado, Gonzalo Palomino Ortiz, uno de los pioneros del ambientalismo y de la educación ambiental en Colombia, nos advertía a los cachacos (oriundos de la región montañosa de Colombia), que como consecuencia del calentamiento de la Tierra y el consecuente deshielo de los polos, “El mar va a subir de nivel, y como muchos territorios costeros se van a volver inhabitables, los costeños nos vamos a trasladar masivamente a las ciudades andinas con nuestras grabadoras”. [8]

Nada de lo que ha ocurrido desde entonces con el clima de la Tierra ha resultado totalmente sorpresivo para quienes más o menos comprendemos las causas y los efectos de ese fenómeno. De una u otra manera era previsible que eso ocurriera, y así se venía y se sigue avisando.

Sin embargo hoy, a finales del primer trimestre del año 16 del siglo XXI, y aun ante las evidencias irrefutables y las manifestaciones globales y locales de la crisis climática, a quienes insistimos en advertir sobre la necesidad de redefinir el “desarrollo” para que no siga destruyendo las condiciones que hacen posible la Vida en la Tierra, nos siguen calificando de “terroristas ecológicos”, “canalla ambientalista” y “enemigos del desarrollo”.

La única sorpresa verdadera es que, si antes pensábamos que por las buenas no aprendemos, hoy nos damos cuenta de que muchas veces por las malas tampoco. Desde ese lamentable punto de vista, muchos desastres han sido en vano.

Bogotá, Marzo 29 de 2016


 Notas:


[1] Título del Capítulo 11 del paradigmático “Cosmos” de Carl Sagan

[2] Este segundo decreto legislativo, mediante el cual el gobierno pretendió ampliar la duración del Estado de Emergencia, fue declarado Inexequible por la Corte Constitucional mediante Sentencia C-216/2011 (31 de Marzo), a partir de lo cual quedaron sin vigencia todos los decretos expedidos al amparo del mismo. Las razones que sustentan esa decisión de la Corte se encuentran en http://www.corteconstitucional.gov.co/RELATORIA/2011/C-216-11.htm

[3] IDEAM - Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia

[4] Como se anotó en la anterior nota de pie de página, el segundo de los “decretos madre” fue declarado inexequible por la Corte Constitucional mediante sentencia C-216/11 (31 de Marzo).

[5] Esta misma consideración fue tenida en cuenta por la Corte Constitucional para declarar inexequible el Decreto 020 de 2011: “Igualmente se establecieron una serie de Decretos que no estaban dirigidos a afrontar los hechos que se describen como novedosos, mantenimiento, agravación y amenaza, sino que tienen como finalidad crear una serie de medidas a largo plazo para afrontar eventuales calamidades invernales como el Decreto 125 de 2011 sobre reforestación comercial de las áreas afectadas y el Decreto 141 de 2011 sobre la reestructuración de las CAR.”
  
[6] Memorando 2000-3.8220 del 27 de enero de 2011, P. 28

[7] “Una publicación del Proyecto Regional de Patrimonio Cultural PNUD/UNESCO, con la colaboración del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente PNUMA y el Programa El Hombre y la Biosfera MAB/UNESCO”

[8] Oriundo de Chimichagua, uno de los municipios del Departamento del Cesar sobre los cuales se extiende la Ciénaga de Zapatosa y radicado desde hace muchos años en el Departamento del Tolima 

domingo, abril 24, 2016

Los Desastres Evitados: un Indicador de verdadero desarrollo

Este artículo se publicó en el especial "25 veces Colombia" de la Revista Semana (Abril 2016)

Vuelvo y repito: la Gestión Ambiental y la Gestión del Riesgo tienen el mismo problema que el trabajo de la mamá en la casa: cuando funcionan bien, no se notan. Solamente hacen noticia cuando fallan y no logran evitar la ocurrencia de una emergencia o un desastre.

Como tampoco hacen noticia los cerca de 100 mil vuelos que diariamente despegan y aterrizan normalmente en distintos aeropuertos del mundo, lo cual no se debe a que las aeronaves, las tripulaciones y los pasajeros simplemente estén de buenas, sino a la confluencia de una cantidad enorme de actores y factores que evitan que los aviones se estrellen, se caigan, desaparezcan o estallen.


Yo no soy de los que aplauden explícitamente cuando un avión aterriza, pero creo que a partir de estas reflexiones voy a unirme a ese conjunto (un poco embarazoso) de pasajeros que, al aplaudir, de manera consciente o inconsciente reconocen que el logro de llegar a salvo a sus destinos puede ser de todo, menos obvio.

Ese aplauso es una felicitación que abarca desde Newton y Bernoulli, que expusieron los principios que permiten que vuele una aeronave, hasta los mecánicos anónimos que diariamente ajustan hasta el más mínimo tornillo que de quedar flojo o demasiado apretado, podrían ser la causa de que el aparato volador se caiga. Pasando, claro, por la tripulación, los equipos de tierra y, por supuesto, los controladores de vuelo: esos policías de tráfico del aire, responsables del milagro diario de evitar que dos de esos miles de aviones ocupen al mismo tiempo un mismo lugar en el espacio aéreo.

Desembocadura del río Tunjuelito en el río Bogotá

Durante la temporada de lluvias 2010-2011 exacerbada por La Niña, muchas mañanas felicite por Twitter al río Tunjuelito cuando, al despertarme, no veía en las noticias que se hubiera desbordado. Lo cual tampoco era ni “normal” ni obvio, porque antes, cada vez que la pluviosidad excedía una cantidad determinada, el río manifestaba, desbordándose, su inconformidad por los derechos que le estaban siendo vulnerados. Era evidente que a través de algunas obras de infraestructura -como el embalse Cantarrana- y de una gestión ambiental adecuada, se le comenzaron a devolver sus derechos al río, evitando así que tuviera que protestar por las malas.

Desembocadura del río Fucha en el río Bogotá

Solamente muy avanzada esa temporada, la cantidad de lluvias superó la resiliencia del río y este se salió de madre, como antes lo hacía ante cualquier aguacero.

Así mismo felicito a una ciudad que resiste sin colapsar o solamente con daños menores, la sacudida de un terremoto; y al territorio que logra salir airoso de una temporada climática extrema, ya sea por exceso o por defecto de agua.


Por todo esto considero que una buena manera de medir el verdadero avance hacia la sostenibilidad del desarrollo, es el “Indicador de Desastres Evitados”: una forma de hacer evidente que, frente a las mismas dinámicas que antes generaban emergencias o desastres en ese mismo territorio, o que los generan en otros, ese determinado territorio ha logrado absorber sin consecuencias negativas los efectos de esas dinámicas.

También es una manera de que las comunidades y quienes toman las decisiones del desarrollo, sean conscientes de los múltiples factores, de distinta índole, que deben ser protegidos para evitar que se produzcan desastres.


En el mundo en general -y Colombia no es la excepción- cada vez somos mejores en rescatar a los náufragos, pero cada vez generamos más condiciones para que haya naufragios.

El territorio colombiano urbano y rural, por supuesto, es vulnerable a múltiples dinámicas de origen natural o antrópico, pero también posee una gran cantidad de ventajas que nos han permitido aguantar, muchas veces, sacudones que, de no existir esas condiciones, habrían generado desastres.

Pero como el no-desastre no es noticia, en aras del llamado desarrollo estamos sacrificando diariamente muchas de esas ventajas.

Tanto desde la academia como desde las comunidades mismas que viven en estrecho contacto con las dinámicas naturales de sus territorios, y cuya supervivencia depende de entenderlas y bailar armónicamente con ellas, se han generado explicaciones a por qué La Niña 2010-2011 y ahora El Niño 2015-2016, están generando grandes desastres.

No porque los desastres sean “naturales”, sino porque “la cultura”, en el más amplio sentido de la palabra, se ha venido alejando cada vez más de su función primordial de enseñarnos a convivir con la Tierra. Y nos ha convertido en arrogantes gerentes de procesos que están obligando al planeta a rebotarse.

Los “Desastres Evitados” son también, entonces, la certificación que nos otorga la Tierra, cada vez que asumimos, con humildad y eficacia, el desafío de reaprender a convivir armónicamente con ella.

Gustavo Wilches-Chaux 
Bogotá, Marzo 29 de 2016





jueves, marzo 31, 2016

En el 33° aniversario del “sorpresivo” terremoto de Popayán

Fragmento del capítulo "¿No aprendemos?" para un libro de próxima publicación por la Organización "Ambiente y Sociedad"

Alguna vez, no recuerdo cuántos años antes del terremoto de Popayán (Departamento del Cauca, Colombia) del cual se cumplieron 33 años el 31 de marzo pasado, seguramente a raíz de noticias sobre algún desastre generado por un terremoto en otra parte del mundo, se me ocurrió preguntar qué pasaría si llegara a ocurrir un temblor así en esa, mi ciudad.

“Popayán aguanta”, “Aquí ha habido varios terremotos y no ha pasado nada”, “Esto no se cae”, era el tono general de las respuestas contundentes y lacónicas que recibía de mis interrogados: una especie de consenso colectivo sobre la supuesta invulnerabilidad de la ciudad.

Luego vino el terremoto del 31 de marzo de 1983, un sismo de regular magnitud (5.5° en la escala de Richter)… y Popayán no aguantó.

 Foto: Luis H Ledezma, tomada del libro "Popayán 18 segundos" de Jaime Paredes Pardo

Recordamos entonces, demasiado tarde, que en 1736, en 1785 y en 1827 otros terremotos habían causado grandes daños en Popayán. Los registros siempre habían estado ahí: en las crónicas de la Iglesia, en informes científicos, en distintos documentos… pero esos datos no formaban parte de la memoria colectiva de sus habitantes.

Popayán se reconstruyó nuevamente en el mismo lugar, esta vez con estrictas normas de sismo-resistencia que dieron lugar al primer Código Colombiano sobre el tema, el cual ha venido siendo objeto de varias actualizaciones desde entonces.

Cabe esperar que a medida que pase el tiempo y se vaya perdiendo la memoria del desastre de 1983, no se baje la guardia frente a la amenaza sísmica y se sigan aplicando dichas normas de construcción sismo-resistente con la estrictez con que se aplicaron cuando el terremoto formaba parte imborrable del imaginario colectivo de quienes vivimos fuimos sacudidos física y mentalmente por el sismo. Ya han pasado por lo menos dos generaciones desde entonces, para las cuales el terremoto forma parte de un pasado remoto.

La evaluación de “la persistencia de la memoria”[1] a lo largo de las próximas generaciones la hará un nuevo terremoto que en el futuro sacuda ese territorio.




[1] Título del Capítulo 11 del paradigmático “Cosmos” de Carl Sagan