jueves, mayo 19, 2011

EL PASTORCITO MENTIROSO QUE SIEMPRE DECÍA LA VERDAD

Este relato forma parte del texto "Conversación con el Combeima" que escribí con el apoyo de COSUDE para el Sistema de Alerta Temprana en la cuenca de ese río del Tolima

Este no era un pastorcito verdadero, sino uno de esos gansos sentidores y avisadores, que le ayudaba a un campesino a vigiar su parcela. Y tampoco cuidaba un rebaño de ovejas, sino el gallinero que tenía el campesino.

Los hijos del campesino lo habían bautizado “el pastorcito mentiroso” para burlarse del ganso, y de paso del papá, que había puesto la seguridad de su granja en manos –o más bien en patas, pico y alas- de un ave tan ruidosa.

Pero el campesino confiaba ciegamente en las habilidades del ganso, que además ya no era sólo uno, sino toda una bandada (si así se puede llamar a una “gallada” de gansos domésticos).

Todos los gansos ejercían cumplidamente su función de vigilancia, sin importar si era de día o de noche, labor que ya no se limitaba al gallinero sino que poco a poco se extendió a toda la granja. Y ya no solamente graznaban cuando la chucha se acercaba, sino cuando cualquier persona, animal o cosa se aproximaba a las vecindades del predio. Sí: también cosa. Porque por ejemplo, cuando un trueno sonaba en el cielo o cuando pasaba por la carretera un camión con la chispa adelantada, los gansos también armaban su concierto airado. Como suelen hacerlo sus parientes, los pavos.

Lo de “pastorcito mentiroso” venía de que una vez que el campesino tuvo que ausentarse durante una semana, dejó a sus dos hijos al cuidado de la granja, con la advertencia de que debían permanecer siempre atentos a los avisos del ganso, que en ese entonces todavía trabajaba de manera solitaria. Varias veces, durante todas las noches de esa –para ellos- muy larga semana, los graznidos del ganso los hicieron levantarse… ¡y resulta que nada!

Cuando el campesino regresó, sus hijos protestaron y le exigieron que se deshiciera de los servicios del ganso, a lo cual el padre se negó de manera rotunda, después de averiguar los pormenores de cada “levantada”.

“En primer lugar”, les dijo, “muchas veces bastaba con que el ganso graznara, para que desapareciera la amenaza que se cernía sobre el gallinero. Me explico: si era la chucha la que venía, era suficiente que oyera al ganso para que desistiera de sus intenciones de cenar con gallina esa noche. La chucha ya ha tenido más de una experiencia desagradable con los picotazos del ganso. Miren ustedes qué injusticia: no nos damos cuenta del trabajo del ganso cuando tiene éxito, pero sí cuando falla.”

“En segundo lugar”, prosiguió el campesino, “lo que pasa es que ustedes no le han puesto suficiente cuidado a los graznidos del ganso, que unas veces efectivamente son de alarma, otros de satisfacción, otros de queja. Y otras veces grazna porque anda enamorado y lo que pide es ‘ven-gansa’. Ustedes interpretaron todas las llamadas del ganso como si fueran de alarma y por eso se levantaban y no encontraban nada.”

“Yo”, siguió diciéndoles el campesino a sus hijos, mientras señalaba al cielo con un dedo grueso y largo, del cual bien hubieran podido brotar hojas, “llevo muchos años conversando todos los días con todos los animales de esta granja (incluso con la chucha), y puedo interpretar perfectamente qué quiere decir cada uno cuando ladra, cuando maúlla, cuando relincha, cuando grazna, cuando canta... y aun cuando permanece en silencio pero actúa de alguna manera determinada.”

“Y por último” les dijo el padre, “sí es posible que una que otra vez el ganso se hubiera equivocado: que hubiera confundido cualquier ruido con la visita de la chucha y hubiera emitido una falsa alarma. ¿Y entonces qué? ¿No era preferible correr el riesgo de una falsa alarma que quedarse callado para comprobar después, cuando ya fuera muy tarde, que sí, que sí era la chucha la que se estaba acercando? Para un vigilante responsable como el ganso, es preferible ‘hacer el oso’ que exponer la vida de las gallinas que le han sido encomendadas. ¿Qué queja del ganso me hubieran presentado ustedes si la chucha se hubiera podido comer las gallinas porque el ganso no hubiera avisado?”

Así quedó la cosa entre el campesino, sus hijos y sus gansos, pero los dos muchachos quedaron como aburridos de que su papá, en lugar de apoyarlos, se hubiera puesto de parte de las aves. Hasta que un día llegaron a la vereda unas personas que se identificaron como del Comité de Emergencias y que reunieron a la comunidad para contarles que estaban instalando unas alarmas que formaban parte de lo que llamaron un Sistema de Alerta Temprana.

Esas personas, que venían de la ciudad y que traían chalecos que los identificaban como funcionarios y funcionarias de distintas instituciones del Estado, comenzaron a hacerle preguntas a la gente para saber qué tanto podrían entender cuando les explicaran qué es un Sistema de Alerta Temprana.

Preguntaban, por ejemplo: “¿Y ustedes sí saben qué es una alarma?

Y uno de los hijos del campesino contestaba de una: “¡Pues es, por ejemplo, como cuando el ganso grazna para avisar que la chucha se quiere entrar al gallinero!”

“O son los primeros dolores del parto que siente una señora que ya lleva varios meses de embarazo”, contestaba una señora de la vereda, que sabía mucho de partos.

“¿Y qué hay que hacer cuando se oye una alarma?”, volvían y preguntaban los del Comité de Emergencias.

“Pues depende”, decía el otro hijo del campesino. “Depende, porque primero que todo hay que aprender a reconocer que una determinada señal es una alarma. Deje les explico: Si yo por ejemplo, sé reconocer qué quiere decir el ganso cada vez que grazna, puedo saber si lo que quiere es avisar que las gallinas están en peligro, o si lo que le pasa es que anda enamorado… O como dice la señora que habló ahora: una persona entendida en eso de los partos, sabe cuándo unos dolores de una señora embarazado, están avisando que el bebé ya tiene ganas de nacer o si son por otra cosa. Porque a una mujer que está esperando bebé también le puede doler el estómago como a cualquier otra persona, y eso no quiere decir que haya que salir corriendo para el puesto de salud, para el hospital o para donde la partera.”

Y entonces la gente que había venido de la ciudad y las demás personas de la comunidad quedaban sorprendidas de ver todo lo que sabían esos muchachos sobre las alarmas y sobre el tal Sistema de Alerta Temprana, y los dos hijos del campesino se miraban entre sí y sonreían, y en silencio les agradecían a su papá y al ganso todo lo que les habían enseñado.

A partir de entonces ya no le siguieron diciendo “el pastorcito mentiroso” con desprecio y como queja, sino en reconocimiento y con cariño.

Cuando en el proceso de trabajar con la gente del Comité de Emergencias, resolvieron conformar el Comité Local de Prevención y Atención de Desastres de la vereda, a los dos hijos del campesino los nombraron coordinadores, porque todos en la comunidad estuvieron de acuerdo en que eran los que más conocimientos tenían sobre el tema de las alertas tempranas.

Y cuando alguien preguntó qué era eso de “tempranas”, uno de los muchachos contestó: “¡Pues que ese berraco ganso encargado de dar la alerta cuando la chucha se quiere meter al gallinero, lo hace levantar a uno tempranísimo en la madrugada!”

Y todos se rieron y entonces él y su hermano le contaron a la comunidad y a la gente del Comité de Emergencias esta historia que aquí acabamos de contarles.