jueves, septiembre 19, 2013

BREAK DANCE

Escribí este artículo en 2005, cuando era asesor de la entonces DPAE (hoy FOPAE). Lo transcribo aquí y ahora, porque así como los actos de vandalismo que azotaron a Bogotá con el pretexto del Paro Agrario mostraron lo que podría ocurrir en la ciudad en caso de un terremoto en términos de pérdida de gobernabilidad, lo que pasó en el llamado "Club privado y deportivo" muestran lo que podría suceder en una gran cantidad de establecimientos públicos cuando sus ocupantes intentaran evacuar.
ESCENARIO 1

Acaba de bailar un bolero y regresa a su mesa. Su pareja sale para el baño.


De pronto se siente mareado. “Me dieron burundanga”, alcanza a pensar. “¿Pero quién? ¿Dónde?”

Cuando se va a sentar, vasos y botellas comienzan a tintinear. Se oye un rugido fuerte, como un trueno cercano o un jet. Todo salta a su alrededor. Alguien grita: 

¡Temblor!


Parpadea la leve luz que medio ilumina el local, hasta que queda en completa oscuridad. 

Parpadea la leve luz que medio ilumina el local, hasta que queda en completa oscuridad.

Suenan vidrios que se rompen y objetos que caen. Y varios “¡Socorros¡” y “¡Ayes!”

Usted trata de recordar hacia dónde está la salida, al tiempo que llama a su pareja. Es difícil saber si ella es una de las muchas personas que gritan, corren o se empujan a su alrededor.

Trata de moverse, pero la mesa, o unos asientos, o algo que usted no distingue bien, no lo deja mover. De pronto otro sacudón (¿o el mismo?), más gritos, un golpe en la cabeza. Un empujón.

“Ojalá esta vaina no se nos caiga encima”, alcanza a pensar. Pero no dice nada. No hay a quién.

Comienza a oler a quemado. La luz que despiden las llamas le permiten ver por primera vez las sombras que se empujan, que buscan una puerta, que intentan salir. Con alivio reconoce a su pareja, que no está lejos de usted.

Se toman de la mano e intentan ubicar la puerta, alejándose del lugar de donde salen las llamas, que cada vez brillan y crepitan más. Distinguen a un mesero que intenta activar –sin éxito-un extinguidor. Las llamas le agarran la chaqueta y el hombre empieza a gritar. Una sombra lo envuelve con un saco y lo arroja al suelo. Otras sombras, seguramente con sacos, intentan sofocar las llamas. Lo logran. Otra vez, total oscuridad.

Algunos minutos (que parecen horas) después, las sirenas comienzan a sonar. Usted y su pareja ya han logrado salir a tientas del lugar, y se encuentran sentados, mudos, aterrados en el andén.

Luces de carros que pasan erráticos en todas direcciones iluminan fugazmente las calles. Hay mucha gente. Es imposible saber si ha habido o no ha habido destrucción.

Usted y su pareja –de hecho, todo el mundo a su alrededor- intentan llamar por celular. Nadie logra comunicarse. Algunos maldicen. Un hombre desesperado, llorando, estrella el aparato contra el andén.

“Debe haber sido un temblor”, le dice su pareja, como susurrando. “Un terremoto”, le contesta usted.

En medio de los pitos, las sirenas y las sombras, comienzan a caminar. De memoria, porque casi no se ve nada.

Las anteriores son escenas que nadie quisiera vivir, pero que no es imposible que ocurran, porque en cualquier momento –dentro de una semana o dentro de 50 años- un terremoto puede golpear a Bogotá. Los sismólogos tienen certeza de que eso va a suceder, pero el estado actual de la ciencia no permite pronosticar cuándo será.

No podemos evitar que se presente un terremoto, pero las escenas anteriores sí pueden ser distintas. Entre todos y todas, gobierno y comunidades, las podemos cambiar. 
ESCENARIO 2

Acaba de bailar un bolero y regresa a su mesa. Su pareja sale para el baño.


De pronto se siente mareado. “Me dieron burundanga”, alcanza a pensar.“¿Pero quién? ¿Dónde?”

Cuando se va a sentar, vasos y botellas comienzan a tintinear. Se oye un rugido fuerte, como un trueno cercano o un jet. Todo salta a su alrededor. Alguien grita: 

¡Temblor!

Parpadea la leve luz que medio ilumina el local, hasta que queda en completa oscuridad, con excepción de las luces rojas que indican en dónde están las salidas de emergencia y la puerta principal. Una fracción de segundo después se encienden dos lámparas de baterías que iluminan totalmente el local.

Suenan vidrios que se rompen y objetos que caen. Y varios “¡Socorros¡” y “¡Ayes!”, pero la gente mantiene la calma y se dirige a las salidas más cercanas. Meseros y bouncers ayudan a controlar la situación.

Su pareja, tan asustada como usted, sale del baño. Usted se tranquiliza al ver que ella está bien, y ambos se dirigen hacia la puerta principal.

Hay asientos y mesas caídas, y algunos vidrios rotos y vasos regados, pero ustedes los evitan con facilidad.

En medio del susto, ustedes están relativamente frescos porque saben que si la discoteca tiene licencia, es porque las autoridades han comprobado la sismo-resistencia del local donde funciona.

Mientras salen, ven a un mesero sofocando un conato de incendio con un extinguidor. Otros dos meseros, también con extinguidores, se preparan a apoyarlo en caso de que no lo pueda controlar solo.

Afuera de la discoteca reina la oscuridad. Usted saca una pequeña linterna del bolsillo. Su pareja también. Recuerdan, sin comentarlo, que hace meses, cuando las compraron, en la oficina se burlaron de ustedes, hasta esa vez cuando se fue la luz y se quedaron encerrados con varios compañeros y compañeras en el ascensor. Después de ese día, todo el mundo en la oficina carga su propia linterna.

Algunos segundos (que parecen horas) después, las sirenas comienzan a sonar. Usted y su pareja se encuentran asustados, sentados en el andén.

Usted saca de otro bolsillo un pequeño radio y se coloca el audífono en el oído. Las emisoras informan que se ha producido un fuerte temblor, pero que hasta ese momento no existen reportes de daños. Se les acercan algunas personas y usted y su pareja les transmiten esa información.

Se acerca un carro con un megáfono, desde el cual avisan que son del Comité de Emergencias de la localidad. Preguntan si hay alguna persona herida, pero por lo menos en esa cuadra parece que no. Junto al carro van unos socorristas de la Defensa Civi y la Cruz Roja.

Usted y su pareja –de hecho, todo el mundo a su alrededor-intentan llamar por celular. Nadie logra comunicarse. Algunos maldicen. Un hombre desesperado, llorando, estrella el aparato contra el andén.

Los del megáfono tranquilizan a la gente y le piden que no hagan uso de teléfonos y celulares porque las líneas están sobrecargadas. Que tres cuadras adelante hay un puesto de información del Comité Local de Emergencias, en donde también hay una emisora a través de la cual pueden informarles a sus familiares que están bien.

En medio de los pitos, las sirenas y las sombras, usted y su pareja comienzan a caminar hacia allá, alumbrándose con sus linternas. Van relativamente tranquilos, porque saben que en sus respectivas casas estarán pendientes del radio para escuchar información sobre el temblor.

¿Quién puede lograr la diferencia entre el primer y el segundo escenario?


Usted y su pareja. Todos y todas. Nuestra voluntad. Nuestra decisión de prepararnos para manejar los riegos, afrontar las emergencias y evitar que se vuelvan desastres.


ILUSTRACIONES TOMADAS DE INTERNET

1 Comments:

Blogger Luis Martínez said...

Excelente y simple lección sobre estar preparados y no estarlo. La diferencia entre un desastre y una posible emergencia la hacemos todos. Felicidades desde México maestro. @AntropOrdaz

12:01 a.m.  

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